▷ PISA 2025: México no necesita excusas, necesita entender qué está fallando 🥇

Más allá de las cifras y los debates políticos, la prueba PISA pone sobre la mesa una pregunta incómoda sobre qué estamos haciendo para que los estudiantes aprendan mejor.

Los resultados de México en Ciencias, Lectura y Matemáticas vuelven a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿qué estamos haciendo para que nuestros estudiantes aprendan mejor?

Cada vez que se publican los resultados de PISA ocurre algo parecido. Unos dicen que México está reprobado. Otros responden que la prueba no sirve, que compara realidades distintas o que el problema son los celulares.

Y mientras tanto, el maestro sigue entrando al salón de clases.

Con sus alumnos que no comprenden lo que leen. Con quienes tienen dificultades para resolver un problema matemático. Con quienes memorizan una respuesta, pero no saben explicar por qué es correcta. Y también con quienes tienen curiosidad, talento y ganas de aprender, pero necesitan mejores oportunidades.

Por eso, el debate no debería reducirse a defender o atacar una prueba internacional. La pregunta más importante es qué nos dicen sus resultados sobre la educación que estamos ofreciendo.

Y, sobre todo, qué estamos dispuestos a cambiar.


Primero, ¿qué dicen realmente los resultados?

La prueba PISA 2025 evaluó a estudiantes de 15 años en 91 países y economías. En esta edición, Ciencias fue el área principal, mientras que Lectura y Matemáticas fueron áreas secundarias. También se incorporó una evaluación sobre el aprendizaje en el mundo digital.

En México, los resultados fueron los siguientes:

Área México Promedio OCDE
Ciencias 414 puntos 485 puntos
Lectura 408 puntos 472 puntos
Matemáticas 388 puntos 472 puntos

En Matemáticas, el resultado mexicano fue inferior al de 2022. En Lectura y Ciencias, la OCDE señala que los resultados fueron aproximadamente similares a los de 2022. Esto es importante: no todas las áreas se comportaron de la misma manera.

Ahora bien, los promedios no cuentan toda la historia.

En México, solo 30% de los estudiantes alcanzó al menos el nivel básico de Matemáticas, frente a 65% en la OCDE. En Lectura y Ciencias, alrededor de la mitad alcanzó ese nivel, frente a 69% y 74%, respectivamente, en el promedio de la OCDE.

Dicho de manera sencilla: el problema no es que todos nuestros estudiantes hayan dejado de aprender. El problema es que demasiados estudiantes no están alcanzando los aprendizajes que necesitan para desenvolverse con autonomía.

Y eso sí merece nuestra atención.


¿México está cayendo o estamos viendo una realidad más amplia?

Aquí conviene evitar una lectura demasiado rápida.

Los resultados de PISA muestran que el desempeño educativo también ha disminuido en muchos otros países. La OCDE reporta que, entre 2015 y 2025, el promedio de sus países miembros cayó 28 puntos en Lectura y 22 puntos en Matemáticas. En Ciencias también se observaron retrocesos, aunque de menor magnitud.

Por eso, sería incorrecto afirmar que México es el único país que enfrenta una crisis de aprendizaje.

Pero también sería incorrecto utilizar esa comparación para decir que, entonces, no hay nada que hacer.

Que otros países tengan problemas no significa que los nuestros dejen de importar.

La pregunta no es solamente si México bajó más o menos que otros. La pregunta es si estamos construyendo una escuela capaz de responder a las necesidades de nuestros estudiantes.

Y ahí es donde la discusión se vuelve más interesante.


Ciencias: una pequeña mejora no significa que el problema esté resuelto

Uno de los puntos que más se ha destacado es que México tuvo una ligera mejora en Ciencias.

Y sí, hay que reconocerlo.

Pero también hay que ponerlo en contexto.

La OCDE señala que el desempeño de México en Ciencias se ha mantenido relativamente estable a lo largo de las distintas aplicaciones de PISA, con fluctuaciones pequeñas y no significativas. En 2025, alrededor de 50% de los estudiantes alcanzó el nivel básico, mientras que el promedio de la OCDE fue de 74%.

Entonces, ¿podemos hablar de una mejora?

Podemos hablar de estabilidad, pero sería apresurado presentar ese resultado como una transformación educativa.

Porque una cosa es que el resultado no haya caído de manera importante y otra muy distinta es que nuestros estudiantes estén aprendiendo Ciencias como necesitamos.

En Ciencias, el nivel básico implica, entre otras cosas, reconocer explicaciones correctas sobre fenómenos familiares y utilizar conocimientos científicos para identificar si una conclusión es válida a partir de datos sencillos.

Es decir, no estamos hablando de formar científicos profesionales.

Estamos hablando de que un adolescente pueda comprender por qué ocurre algo, interpretar información y distinguir una explicación válida de una que no lo es.

Y eso debería ser una prioridad.

¿Qué nos dice esto sobre la escuela?

Que necesitamos una enseñanza de las Ciencias menos centrada en repetir conceptos y más enfocada en comprender, observar, preguntar, experimentar y explicar.

No basta con que el alumno conozca la definición de evaporación.

Necesita comprender qué ocurre cuando se seca un charco.

No basta con que memorice qué es una fuerza.

Necesita poder explicar por qué un objeto se mueve o se detiene.

Y no basta con que copie una conclusión.

Necesita aprender a preguntarse: ¿cómo sabemos que esto es cierto?

Ese es el tipo de aprendizaje que PISA intenta observar.

Y también es el tipo de aprendizaje que una escuela debería promover.


Lectura: el problema no empezó con los celulares

Aquí es donde el debate se ha vuelto más polémico.

Desde el gobierno de la República se ha señalado que el uso excesivo de dispositivos móviles y plataformas digitales puede estar relacionado con la disminución del desempeño en Lectura.

Y hay una parte de esa explicación que merece ser tomada en serio.

La OCDE reporta que la lectura ha sufrido una caída importante en muchos países y que han aumentado las dificultades para evaluar información, relacionar distintas fuentes y pensar críticamente sobre lo que se lee. También señala que la lectura rápida e imprecisa prácticamente se duplicó entre 2018 y 2025, hasta alcanzar 9% de los estudiantes.

Además, la OCDE advierte que la relación entre el uso de inteligencia artificial y el desempeño escolar es compleja. En algunos usos específicos, como resumir textos, redactar o investigar, los estudiantes que utilizaban IA obtuvieron resultados inferiores a quienes no la utilizaban.

Pero aquí hay que hacer una distinción importante.

Una cosa es decir que el uso excesivo o poco acompañado de la tecnología puede perjudicar el aprendizaje. Otra es afirmar que los celulares explican por sí solos los resultados de México.

Eso último no está demostrado.

Porque si el problema fuera únicamente el uso de plataformas digitales, tendríamos que explicar por qué la caída también se observa en otros países y por qué existen diferencias importantes entre estudiantes que utilizan tecnología de maneras distintas.

La tecnología puede distraer.

Pero también puede ayudar a aprender.

El problema no es solamente el dispositivo.

El problema es qué hacemos con él.


El celular no sustituye al maestro, pero tampoco basta con prohibirlo

Aquí es donde la discusión debería salir de las frases fáciles.

Decir que los celulares distraen no es una novedad.

Pero tampoco es suficiente para explicar una crisis educativa.

Un estudiante puede pasar horas frente a una pantalla y seguir sin comprender un texto. Pero también puede utilizar una herramienta digital para investigar, comparar información, resolver un problema o construir una explicación.

La diferencia está en cómo se utiliza la tecnología y qué tipo de aprendizaje se espera de ella.

Por eso, si el gobierno quiere regular el uso de dispositivos móviles, la discusión no debería quedarse en “prohibir o permitir”.

Debería incluir preguntas como:

  • ¿Qué actividades digitales ayudan realmente a aprender?
  • ¿Cuándo una plataforma facilita el aprendizaje y cuándo lo sustituye?
  • ¿Cómo enseñamos a los estudiantes a evaluar información?
  • ¿Qué hacemos cuando un alumno utiliza inteligencia artificial para resolver una tarea sin comprenderla?
  • ¿Cómo formamos a los docentes para integrar tecnología sin convertirla en una distracción más?

Porque prohibir un dispositivo no enseña a leer críticamente.

Y permitirlo sin orientación tampoco.


Matemáticas: aquí sí hay una señal que no podemos minimizar

En Matemáticas, México obtuvo 388 puntos y solo 30% de los estudiantes alcanzó el nivel básico. La OCDE también señala que el porcentaje de estudiantes con bajo desempeño aumentó 13 puntos porcentuales respecto de 2015.

Esto es especialmente preocupante porque las Matemáticas no son solamente una asignatura escolar.

Son una herramienta para comprender el mundo.

Para interpretar una gráfica.

Para calcular un presupuesto.

Para comparar precios.

Para entender una estadística.

Para tomar decisiones.

Y para resolver problemas que no vienen acompañados de una fórmula.

Aquí también es importante reconocer que la disminución del desempeño en Matemáticas no es exclusiva de México. La OCDE reporta retrocesos importantes en muchos países.

Pero eso no significa que debamos conformarnos.

Porque una cosa es reconocer que existe una tendencia internacional y otra es aceptar que nuestros estudiantes no están alcanzando los aprendizajes básicos.

El problema no es solamente que los alumnos “no sepan matemáticas”

Muchas veces hablamos de los resultados como si el estudiante fuera el responsable de todo.

“Es que no estudian”.

“Es que no ponen atención”.

“Es que ya no quieren aprender”.

Pero una escuela también tiene que preguntarse:

¿Estamos enseñando Matemáticas de una manera que permita comprenderlas?

Porque memorizar procedimientos no es lo mismo que aprender a resolver problemas.

Y repetir una operación no significa necesariamente comprender qué estamos haciendo.

Un alumno puede saber multiplicar y, sin embargo, no saber resolver un problema que requiere multiplicar.

Puede conocer una fórmula y no saber cuándo utilizarla.

Puede obtener una respuesta correcta y no poder explicar por qué.

Ahí es donde necesitamos mirar con más cuidado.


¿Y qué pasa con la Nueva Escuela Mexicana?

Aquí también conviene evitar una conclusión demasiado sencilla.

Frente a los resultados de PISA, resulta cómodo señalar a las plataformas digitales, los celulares o la inteligencia artificial como los principales culpables. 

Sin embargo, el problema es mucho más profundo: el sistema educativo mexicano se ha construido a partir de reformas, programas y enfoques que con frecuencia se agregan sin una articulación clara, fragmentando la enseñanza y dejando a los docentes con dudas sobre cómo utilizar los libros de texto, cómo aplicar cada propuesta y qué aprendizajes deben priorizar. 

A esto se suman las carencias históricas de infraestructura, mobiliario, materiales y equipo educativo, así como decisiones administrativas que no siempre consideran las condiciones reales de las escuelas. 

Ninguna reforma tendría que presentarse como superior a todas las anteriores; cada una debería recuperar lo que funciona, corregir lo que falla y dar continuidad a una política educativa de largo plazo. 

El problema aparece cuando los cambios responden más al protagonismo de quienes tienen el poder que a la obligación de servir a las comunidades. 

Mientras la educación se administre desde el ego, la improvisación y la competencia por imponer una visión, será difícil construir un sistema coherente que ayude a los estudiantes a comprender, razonar y desenvolverse en el mundo.

Sería un error afirmar que los resultados de PISA demuestran, por sí solos, que la Nueva Escuela Mexicana fracasó.

PISA no evalúa directamente todo el modelo educativo mexicano. Evalúa conocimientos y habilidades de estudiantes de 15 años, y sus resultados están influidos por múltiples factores.

Pero también sería un error decir que, como la prueba tiene limitaciones, entonces no nos puede decir nada.

Sí nos dice algo.

Nos dice que una proporción importante de nuestros estudiantes tiene dificultades para comprender textos, resolver problemas matemáticos y aplicar conocimientos científicos.

Y eso debería obligarnos a revisar nuestras decisiones educativas.

No para regresar automáticamente al pasado.

No para abandonar cualquier intento de innovación.

Sino para preguntarnos si lo que estamos haciendo realmente está ayudando a aprender.

Porque una reforma educativa no se justifica solamente por sus intenciones.

Se justifica también por sus resultados.


¿La prueba PISA tiene limitaciones? Sí. ¿Eso la vuelve inútil? No.

También es válido cuestionar que una misma prueba se aplique a estudiantes de países con condiciones económicas, sociales y educativas muy diferentes.

México no tiene las mismas condiciones que Finlandia, Japón o Singapur.

No tiene los mismos niveles de inversión educativa.

No tiene las mismas condiciones de infraestructura.

No tiene las mismas desigualdades.

No tiene las mismas oportunidades para todos sus estudiantes.

Y eso importa.

La propia OCDE reconoce que los resultados deben interpretarse considerando el contexto en el que aprenden los estudiantes. También señala que, en México, la expansión de la educación secundaria hacia poblaciones previamente marginadas puede explicar parte de los cambios observados en los resultados.

Esto es importante porque una caída en el promedio no necesariamente significa que todos los estudiantes estén aprendiendo menos.

Puede significar, en parte, que más jóvenes que antes no tenían acceso a la escuela ahora están siendo incluidos en ella.

Y eso es una buena noticia.

Pero también nos plantea una obligación.

No basta con ampliar la cobertura. Hay que garantizar que quienes llegan a la escuela aprendan.


La pregunta incómoda: ¿qué estamos haciendo con los estudiantes que tienen más dificultades?

Aquí está, desde mi punto de vista, el centro del problema.

Porque cuando hablamos de resultados nacionales, muchas veces terminamos discutiendo sobre promedios.

Pero el maestro no trabaja con promedios.

Trabaja con estudiantes concretos.

Con alumnos que llegan a secundaria sin comprender bien lo que leen.

Con quienes tienen dificultades para resolver operaciones básicas.

Con quienes no han desarrollado hábitos de estudio.

Con quienes viven situaciones familiares o económicas que afectan su aprendizaje.

Y también con quienes necesitan una atención más personalizada.

Por eso, los resultados de PISA deberían llevarnos a una pregunta mucho más práctica:

¿Qué estamos haciendo para que los estudiantes que tienen más dificultades puedan aprender mejor?

No solamente los que ya tienen apoyo en casa.

No solamente los que cuentan con internet.

No solamente los que pueden acceder a clases particulares.

Sino también quienes necesitan que la escuela sea el lugar donde realmente encuentren oportunidades.


🎥 ¿Prefieres verlo en video?

En este análisis reflexionamos a fondo sobre los resultados de la prueba PISA, los verdaderos desafíos de nuestras escuelas y por qué no podemos seguir buscando excusas ante el rezago educativo.

🥇 Crisis PISA México: ¿Qué está fallando realmente en la educación?

🎬 Nota: Analicemos juntos los datos reales más allá de los promedios y descubramos qué decisiones sí están en manos de los docentes para transformar la práctica en el aula.


No necesitamos una nueva explicación. Necesitamos una estrategia

Aquí es donde la crítica debería ser más clara.

Porque si cada vez que aparecen malos resultados respondemos con una explicación distinta, pero no construimos una estrategia de mejora, terminamos haciendo lo mismo.

Hoy el problema son los celulares.

Mañana será la inteligencia artificial.

Después será la pandemia.

Luego será que la prueba no considera nuestras particularidades.

Y sí, todos esos factores pueden influir.

Pero ninguno de ellos sustituye la responsabilidad de construir una política educativa que mejore los aprendizajes.

La pregunta no debería ser solamente:

¿Por qué salimos mal?

Debería ser:

¿Qué vamos a hacer diferente a partir de ahora?

Y esa respuesta debería incluir, al menos, cinco prioridades.

1. Recuperar la comprensión lectora como una tarea de toda la escuela

No solamente del maestro de Español.

Comprender un texto es necesario para aprender Ciencias, Matemáticas, Historia y prácticamente cualquier otra área.

Por eso, necesitamos que los estudiantes lean más, pero también que comprendan, comparen, expliquen, cuestionen y argumenten.

No se trata solamente de leer más páginas.

Se trata de aprender a pensar con lo que se lee.

2. Fortalecer las Matemáticas sin reducirlas a la memorización

Necesitamos que los estudiantes comprendan los procedimientos, pero también que sepan cuándo utilizarlos.

Que puedan resolver problemas.

Que expliquen sus razonamientos.

Que interpreten información.

Y que desarrollen confianza para enfrentarse a situaciones nuevas.

Porque aprender Matemáticas no es solamente llegar a una respuesta. Es aprender a pensar.

3. Enseñar Ciencias para comprender el mundo

La ciencia no debería quedarse en definiciones y cuestionarios.

Necesitamos más preguntas, más observación, más experimentación y más análisis de información.

Que los estudiantes puedan explicar fenómenos de su entorno.

Que aprendan a distinguir evidencia de opinión.

Y que comprendan que el conocimiento científico no consiste en memorizar respuestas, sino en construir explicaciones.

4. Integrar la tecnología con propósito

No se trata de llenar las aulas de dispositivos.

Tampoco de prohibirlos sin una estrategia.

Se trata de enseñar a los estudiantes a utilizar la tecnología para aprender.

A evaluar información.

A investigar.

A resolver problemas.

A crear.

Y también a reconocer cuándo una herramienta está sustituyendo su propio esfuerzo.

Porque la inteligencia artificial puede ayudar a aprender, pero no puede aprender por el estudiante.

5. Evaluar para mejorar, no solamente para clasificar

Aquí hay una lección importante.

PISA nos ofrece una fotografía.

Pero el maestro necesita algo más.

Necesita saber qué comprende cada estudiante.

Qué dificultades tiene.

Qué puede hacer.

Qué necesita aprender.

Y qué estrategias están funcionando.

Por eso, necesitamos fortalecer la evaluación en el aula.

No para llenar más formatos.

Sino para tomar mejores decisiones.

Porque evaluar no debería ser solamente poner una calificación. Debería ser una forma de entender cómo ayudar a aprender.


¿Y qué podemos hacer los maestros?

Aquí es donde el debate debe aterrizar.

Porque aunque las decisiones de política educativa corresponden al gobierno, el maestro también puede encontrar oportunidades para mejorar su práctica.

No para cargar con toda la responsabilidad.

Sino para recuperar aquello que sí está en sus manos.

Por ejemplo:

  • En Lectura: trabajar con textos reales, pedir que los estudiantes expliquen lo que entendieron, comparen información y justifiquen sus respuestas.
  • En Matemáticas: plantear problemas que tengan sentido para ellos, pedir que expliquen sus procedimientos y utilizar los errores como oportunidades de aprendizaje.
  • En Ciencias: partir de fenómenos del entorno, formular preguntas y pedir que los estudiantes construyan explicaciones.
  • En tecnología: enseñar a utilizar herramientas digitales con propósito, no solamente para entregar tareas.
  • En evaluación: observar qué está comprendiendo cada estudiante y ajustar la enseñanza cuando sea necesario.

No son soluciones mágicas.

Pero sí son decisiones que pueden ayudar a construir mejores experiencias de aprendizaje.


Entonces, ¿qué opinión merece PISA 2025?

Mi opinión es clara:

México no debería descalificar los resultados de PISA, pero tampoco debería utilizarlos para culpar a los maestros o para justificar una sola explicación.

Los resultados muestran un problema real.

No exclusivo de México.

No explicado únicamente por los celulares.

No resuelto con una nueva reforma.

Y tampoco solucionable con una sola estrategia.

Pero sí muestran que necesitamos revisar con seriedad qué estamos haciendo para que nuestros estudiantes aprendan.

Porque si la mitad de los adolescentes no alcanza el nivel básico en Lectura y Ciencias, y solo tres de cada diez lo hacen en Matemáticas, no estamos frente a un problema menor.

Estamos frente a una situación que debería obligarnos a discutir el rumbo de la educación.

Y esa discusión no debería comenzar con:

La prueba está mal.

Ni con:

Los maestros están mal.

Debería comenzar con:

¿Qué necesitan nuestros estudiantes para aprender mejor y qué estamos haciendo para garantizarlo?

Porque una escuela que enseña bien no es la que obtiene mejores resultados solamente.

Es la que logra que sus estudiantes comprendan, piensen, resuelvan problemas y puedan utilizar lo que aprenden para vivir mejor.

Y si PISA nos ayuda a mirar eso con mayor claridad, entonces vale la pena escucharla.

No para obedecerla.

Sino para aprender de ella.

Porque el verdadero problema no es que México aparezca mal en una prueba. El verdadero problema sería que, después de conocer los resultados, sigamos haciendo exactamente lo mismo.


💬 ¿Qué opinas?
Más allá de las cifras y los debates sobre la prueba PISA 2025, ¿qué estrategia consideras más urgente implementar en el salón de clases para que nuestros estudiantes realmente comprendan, piensen y aprendan mejor?

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Fuentes consultadas

Resultados PISA 2025 de México — OCDE

PISA 2025 Results, Volume I — OCDE

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