En educación habitualmente partimos de una suposición tan extendida como poco cuestionada: las personas actúan de manera racional. Diseñamos planes de estudio, normas escolares, evaluaciones y modelos pedagógicos bajo la idea de que estudiantes y docentes tomarán decisiones coherentes con lo que saben, con lo que se les enseña y con lo que se espera de ellos. Sin embargo, la experiencia cotidiana en las aulas nos dice otra cosa.
Sabemos qué es una evaluación formativa, pero seguimos evaluando de manera punitiva. Hablamos de pensamiento crítico, pero premiamos la obediencia. Promovemos la autonomía, pero diseñamos sistemas que castigan cualquier desviación del guion. Esta distancia entre lo que se dice y lo que se hace no es un simple problema de voluntad individual: es un fenómeno profundamente ligado al comportamiento humano.
Este artículo parte de un modelo central: la educación no puede comprenderse ni transformarse si ignora cómo se comportan realmente las personas. Entender la racionalidad, las rutinas, los hábitos y los códigos implícitos que regulan la conducta de docentes y estudiantes es clave para construir prácticas educativas más coherentes, conscientes y éticamente responsables.
1. ¿Qué entendemos por comportamiento humano?
Desde las ciencias sociales y cognitivas, el comportamiento humano no se explica únicamente por la razón. Aunque las personas somos capaces de reflexionar, analizar y tomar decisiones conscientes, gran parte de nuestras acciones cotidianas están mediadas por:
- Hábitos adquiridos
- Normas sociales implícitas
- Presión del contexto
- Emociones
- Expectativas externas
La psicología cognitiva y la neurociencia han mostrado que pensar y actuar no son procesos idénticos. Saber algo no implica necesariamente hacerlo. En educación, esta distinción es fundamental: tanto docentes como estudiantes pueden conocer el “discurso correcto” sin que este se traduzca automáticamente en prácticas coherentes.
2. La racionalidad en educación: ideal, promesa y límite
La escuela moderna se construyó sobre el ideal de la racionalidad. Se asumió que educar era, ante todo, formar sujetos capaces de pensar, decidir y actuar de manera lógica y responsable. Sin embargo, este ideal tiene límites claros cuando se enfrenta a la realidad escolar.
En la práctica educativa observamos situaciones recurrentes:
- Docentes que reconocen la importancia de atender la diversidad, pero aplican estrategias donde se trata a todos por igual.
- Estudiantes que comprenden el valor del aprendizaje, pero priorizan aprobar.
- Instituciones que promueven la innovación, pero castigan el error.
Estas contradicciones no responden a una falta de saber pedagógico, sino al hecho de que la racionalidad educativa compite constantemente con rutinas institucionales, presiones administrativas y expectativas sociales.
3. La escuela como escenario: actuación, roles y simulación
La educación también puede entenderse como un espacio de actuación social. En el aula, docentes y estudiantes no solo enseñan o aprenden: interpretan roles.
- El docente “cumple” con la planeación, aunque sepa que no responde al contexto escolar.
- El estudiante “participa”, aunque no esté aprendiendo.
- Ambos simulan comportamientos esperados para evitar sanciones o conflictos.
Esta dinámica genera una cultura escolar donde la apariencia de cumplimiento importa más que la coherencia pedagógica. El problema no es individual, sino estructural: el sistema recompensa la simulación y penaliza la reflexión profunda.
4. El comportamiento docente: entre vocación, hábito y supervivencia
La práctica docente está condicionada por decisiones que no siempre son conscientes. Muchas acciones se repiten no porque se consideren las mejores, sino porque:
- “Siempre se ha hecho así”
- Funcionan administrativamente
- Reducen el desgaste emocional
La carga laboral, la presión por resultados y la falta de espacios reales de reflexión llevan a que el comportamiento docente se vuelva rutinario, incluso cuando contradice las propias convicciones pedagógicas.
Hablar del comportamiento humano en educación implica reconocer estas condiciones sin culpabilizar, pero también sin romantizar la práctica.
5. El comportamiento estudiantil: adaptación, resistencia y aprendizaje implícito
El estudiante no es un actor pasivo. Desde los primeros años de escolarización, aprende algo más que contenidos: aprende a comportarse dentro del sistema escolar.
Aprende, por ejemplo:
- Cuando conviene participar y cuándo callar
- Qué materias “importan” y cuáles no
- Cómo cumplir sin involucrarse demasiado
Estas conductas no son fallas morales, sino estrategias de adaptación a un entorno que muchas veces prioriza la forma sobre el fondo. La escuela, consciente o no, enseña comportamientos tanto como saberes.
6. El código invisible: normas no escritas que regulan la vida escolar
Más allá de reglamentos y documentos oficiales, toda institución educativa funciona con un código invisible: un conjunto de normas implícitas que indican qué se permite, qué se tolera y qué se sanciona realmente.
Este código se transmite por observación, repetición y experiencia cotidiana. Cambiarlo es difícil porque:
- No siempre se reconoce su existencia
- Está profundamente normalizado
- Ofrece estabilidad, aunque sea contradictoria
Cualquier intento de transformación educativa que ignore este nivel conductual está destinado al fracaso.
7. Hacia un código de buenas prácticas basado en el comportamiento humano
Hablar de buenas prácticas educativas no implica construir listas idealizadas, sino principios realistas, fundamentados en cómo se comportan las personas en contextos educativos reales, más allá del discurso pedagógico.
Algunos principios clave:
- Coherencia entre discurso y acción: Lo que se promueve debe reflejarse en las prácticas cotidianas.
- Conciencia del impacto conductual del docente: El docente no solo enseña contenidos, modela comportamientos.
- Evaluación como regulación, no castigo: La evaluación orienta la conducta cuando es formativa.
- Normas explícitas y comprensibles: Reducir la ambigüedad disminuye la simulación.
- Reflexión sistemática de la práctica: Sin reflexión, el hábito se impone a la intención.
8. Educar desde la comprensión del comportamiento humano
Transformar la educación no empieza preguntando qué deberían hacer docentes y estudiantes, sino por qué hacen lo que hacen. Esta mirada no justifica malas prácticas, pero sí permite intervenir de manera más inteligente y ética.
Educar implica aceptar que:
- La racionalidad es limitada
- El contexto influye profundamente
- El comportamiento se aprende y se modifica
La educación, entonces, no es solo transmisión de saberes, sino intervención consciente en la conducta humana.
Conclusión
La distancia entre el discurso pedagógico y la práctica real no se cierra con más normas ni con mejores intenciones. Se cierra comprendiendo el comportamiento humano que sostiene la vida escolar.
Ignorar cómo actúan realmente docentes y estudiantes es condenar cualquier reforma educativa a quedarse en el papel. En cambio, educar desde la comprensión del comportamiento humano abre la posibilidad de prácticas más coherentes, realistas y transformadoras.
Porque, al final, la educación no forma sujetos ideales, sino personas reales, en contextos reales, tomando decisiones imperfectas. Y es justamente ahí donde comienza su verdadero desafío.
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Reflexión final
Comprender el comportamiento humano en la escuela no es una expresión vacía ni una concesión al discurso pedagógico.
Es una responsabilidad ética y pedagógica cuando se educa en contextos marcados por tensiones, desigualdades y rutinas que condicionan la acción.
Empiezan a fracturarse cuando el contexto deja de ser leído, cuando las conductas se explican solo desde la norma y no desde las condiciones que las producen.
El desafío no está en culpar al estudiante ni en idealizar la carencia,
sino en mirar de frente la realidad, intervenir con conciencia y exigir con apoyos reales, reconociendo que la razón no siempre gobierna la acción, pero sí puede orientarla.
Es ahí donde la docencia deja de ser una resistencia individual y se convierte en acción educativa con sentido social.

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