▷ El niño camaleón: ¿por qué cambia tanto en casa y en la escuela? 🥇

Un mismo estudiante puede mostrar comportamientos completamente diferentes según el ambiente en el que se encuentre. La familia y la escuela influyen profundamente en la seguridad emocional, la participación y la forma en que niños y jóvenes se relacionan con los demás.

La conducta de un estudiante no siempre depende únicamente de su personalidad. En ocasiones, las diferencias entre lo que ocurre en casa y lo que sucede en la escuela pueden revelar mucho sobre los ambientes en los que está creciendo y aprendiendo.

Algunos niños llegan a la escuela y parecen invisibles. Son callados, participan poco, evitan levantar la mano, prefieren trabajar solos y rara vez expresan lo que sienten. Sin embargo, cuando sus padres hablan de ellos, describen a alguien completamente diferente: conversador, alegre, seguro de sí mismo y con mucha confianza.

Pero también ocurre lo contrario.

Hay estudiantes que en casa son tímidos, irritables, enojones o poco comunicativos. Sus familias incluso pueden pensar que tienen problemas para relacionarse. Sin embargo, al llegar a la escuela se transforman: participan, colaboran, ayudan a otros compañeros y se integran con facilidad a las actividades escolares.

Entonces surge una pregunta interesante:

¿Por qué un mismo niño puede comportarse de forma tan distinta según el lugar en el que se encuentre?


El comportamiento también habla de los ambientes

Muchas veces buscamos explicaciones únicamente dentro del niño.

Pensamos que es tímido, distraído, rebelde, introvertido o poco sociable.

Pero quizá la pregunta correcta sea otra:

¿Qué le está diciendo el ambiente a ese niño para que actúe de determinada manera?

Los seres humanos no nos comportamos igual en todos los espacios.

Un adulto puede sentirse seguro entre amigos y muy inseguro en una reunión de trabajo. Un maestro puede ser muy participativo en una capacitación y muy reservado en otra donde se siente juzgado.

Con los niños ocurre exactamente lo mismo.


Cuando en casa florece, pero en la escuela se apaga

Si un niño se expresa con libertad en su hogar, conversa, juega, pregunta y comparte sus ideas, pero en la escuela permanece callado, aislado o inseguro, vale la pena preguntarse qué está ocurriendo dentro del contexto escolar.

No necesariamente significa que exista maltrato o un problema grave.

Sin embargo, sí puede ser una señal de que el ambiente escolar no le está proporcionando la seguridad emocional que necesita para participar.

Entre los factores que pueden influir encontramos:

  • Maestros con una apariencia excesivamente punitiva.
  • Tono de voz autoritario o intimidante.
  • Prácticas centradas en el castigo o la humillación.
  • Falta de capacitación para el trato humano y socioemocional.
  • Estrés laboral constante.
  • Problemas familiares, sociales o económicos del personal.
  • Problemas de salud mental no atendidos.
  • Desmotivación profesional o desgaste emocional.
  • Climas escolares donde equivocarse se castiga en lugar de verse como parte del aprendizaje.

Construir un ambiente seguro no depende únicamente de evitar el castigo; también implica establecer acuerdos claros y respetuosos. Si deseas profundizar en este tema, puedes consultar nuestra guía sobre cómo establecer reglas claras de convivencia en el aula desde el primer día.

Cuando un estudiante siente que será juzgado, ridiculizado o castigado por equivocarse, muchas veces elige el silencio como mecanismo de protección.

No deja de ser capaz.

Simplemente deja de sentirse seguro.

Por ello, fortalecer las habilidades socioemocionales dentro del aula resulta tan importante como enseñar los contenidos académicos.


Cuando en la escuela florece, pero en casa se apaga

También encontramos el caso contrario.

Niños que en la escuela muestran iniciativa, liderazgo, empatía y capacidad para convivir, pero que en casa son reservados, temerosos o constantemente reaccionan con enojo.

En estas situaciones es importante observar qué está ocurriendo dentro del entorno familiar.

La escuela puede estar convirtiéndose en el único espacio donde ese niño se siente escuchado, valorado y respetado.

Algunos factores familiares que pueden influir son:

  • Violencia física.
  • Violencia psicológica.
  • Gritos constantes.
  • Exceso de control o autoritarismo.
  • Problemas económicos o laborales que generan tensión permanente.
  • Problemas de salud mental en algún integrante de la familia.
  • Consumo de alcohol, tabaco u otras sustancias.
  • Falta de herramientas para la crianza.
  • Escaso tiempo de convivencia afectiva.
  • Ambientes donde las emociones no pueden expresarse libremente.

En estos casos, la escuela puede convertirse en un refugio emocional donde el estudiante encuentra oportunidades para desarrollar habilidades que en casa no logra ejercer con la misma libertad.


Lo que vemos en la escuela no siempre cuenta toda la historia

Uno de los errores más frecuentes es creer que conocemos completamente a un estudiante porque lo vemos durante algunas horas al día.

La realidad es que cada niño vive simultáneamente en varios mundos.

Existe el niño de la escuela.

Existe el niño de la casa.

Existe el niño del barrio.

Existe el niño que convive con sus amigos.

Y todos forman parte de la misma persona.

Por eso resulta tan importante escuchar tanto a las familias como a los docentes antes de emitir juicios apresurados.


No todos los casos significan lo mismo

También es importante reconocer que no todas las diferencias de comportamiento tienen su origen exclusivamente en la familia o en la escuela.

Existen estudiantes con Necesidades Educativas Especiales, condiciones del neurodesarrollo o características particulares de aprendizaje que requieren apoyos específicos para desenvolverse plenamente. En estos casos, el ambiente escolar cobra todavía mayor relevancia.

Un estudiante con autismo, TDAH, dificultades de comunicación, ansiedad u otras condiciones puede mostrar una participación limitada no porque carezca de interés o capacidad, sino porque el entorno no le ofrece las condiciones de accesibilidad, inclusión o acompañamiento que necesita.

Por ello, la pregunta no debería ser únicamente qué le ocurre al estudiante, sino también qué tan preparada está la escuela para responder a la diversidad de quienes aprenden en ella. Esta reflexión conecta directamente con los principios de la educación inclusiva, que reconoce que cada estudiante aprende, participa y se expresa de manera diferente.

Sin embargo, esta reflexión no se limita a los alumnos que presentan alguna condición específica.

Muchos estudiantes que no tienen una Necesidad Educativa Especial también pueden experimentar desinterés, apatía o poca participación cuando pasan demasiadas horas sentados escuchando explicaciones, realizando actividades repetitivas o siguiendo dinámicas poco significativas para su edad.

Por otra parte, algunos estudiantes requieren apoyos específicos para desarrollar plenamente sus capacidades. En estos casos, una adecuada detección y atención integral de alumnos con NEE en el aula regular puede marcar una diferencia importante en su trayectoria educativa.

Quizá una de las grandes tareas pendientes de la educación actual sea construir experiencias más diversas y humanas.

Menos tiempo dedicado exclusivamente a escuchar y copiar.

Más tiempo para dialogar, crear, experimentar y moverse.

Más oportunidades para hacer ejercicio, bailar, cantar, dibujar, jugar, investigar, construir proyectos y aprender mediante experiencias que conecten con la realidad de los estudiantes.

Quizá ese sea uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo: construir la escuela que México aún no tiene, pero que muchos estudiantes necesitan para desarrollar plenamente sus capacidades.

Después de todo, aprender no es solamente permanecer dentro de un aula.

Aprender también ocurre cuando el cuerpo se mueve, cuando las emociones participan y cuando cada estudiante encuentra una forma auténtica de expresar quién es.


También necesitamos cuidar a quienes educan

Si queremos construir ambientes escolares más humanos, también necesitamos cuidar a quienes tienen la responsabilidad de construirlos todos los días.

Los docentes necesitan condiciones que les permitan ejercer su profesión desde la empatía, el respeto y la salud emocional. No podemos pedir una educación profundamente humana mientras ignoramos las condiciones personales y laborales de quienes educan.

Esto también implica reconocer la importancia de contar con una remuneración digna y condiciones laborales adecuadas. Un maestro bien valorado y con mejores condiciones para ejercer su profesión puede contar con mayores posibilidades de desarrollar su trabajo con estabilidad, disposición y bienestar.

Pero esta responsabilidad no puede recaer únicamente en el docente.

Las autoridades educativas también tienen la responsabilidad de construir escuelas que no solo cuenten con aulas, mobiliario, tecnología e infraestructura, sino también con personal especializado capaz de acompañar las necesidades humanas de la comunidad escolar.

Psicólogos educativos, especialistas en inclusión y profesionales del acompañamiento socioemocional pueden ayudar a estudiantes, familias y docentes a enfrentar situaciones que no siempre pueden resolverse únicamente desde el aula.

Porque una escuela verdaderamente inclusiva no se construye solamente con infraestructura.

Se construye con personas preparadas, acompañadas y con las condiciones necesarias para cuidar y educar a otras personas.


Una deuda pendiente de la Nueva Escuela Mexicana

La Nueva Escuela Mexicana también tiene una deuda pendiente: fortalecer de manera mucho más profunda la preparación de los docentes para el trato humano, la inclusión y el acompañamiento de estudiantes con distintas necesidades y condiciones de vida.

No basta con diseñar actividades, formatos o estrategias que permitan mostrar que la educación está cambiando.

El verdadero cambio debería comenzar por algo mucho más elemental:

que cada niño pueda sentirse seguro, escuchado, respetado y acompañado dentro de la escuela.

Y esto adquiere todavía mayor importancia cuando hablamos de estudiantes con Necesidades Educativas Especiales, condiciones del neurodesarrollo o alguna situación que requiere apoyos específicos.

Una escuela puede tener nuevos programas, tecnología, infraestructura y múltiples actividades innovadoras; pero si un estudiante sigue sintiéndose incomprendido, rechazado, señalado o inseguro, algo fundamental todavía no está funcionando.

El desafío no consiste solamente en demostrar que estamos haciendo cosas diferentes.

Consiste en preguntarnos si esas acciones realmente están ayudando a que los niños desarrollen sus capacidades independientemente de las condiciones en las que les tocó crecer.

Porque una educación verdaderamente humana no debería limitarse a cambiar lo que hacemos en el aula.

Debería cambiar la manera en que miramos al estudiante.

Y quizá aquí encontramos una de las mayores contradicciones de nuestro tiempo:

podemos tener más discursos sobre inclusión, innovación y transformación educativa que nunca, pero seguir teniendo estudiantes que no se sienten seguros dentro de la escuela.

Cuando la transformación se queda en actividades, formatos y evidencias, corremos el riesgo de construir una educación que simula el cambio sin transformar realmente la experiencia del estudiante.

La verdadera transformación comienza cuando dejamos de preguntarnos únicamente:

¿Qué actividad tenemos que hacer?

Y empezamos a preguntarnos:

¿Qué necesita este niño para sentirse acompañado y desarrollar todo lo que puede llegar a ser?


La conducta es información, no un diagnóstico

Cuando un estudiante cambia drásticamente de comportamiento según el lugar donde se encuentre, no necesariamente estamos frente a un problema individual.

Muchas veces estamos frente a una señal.

Una señal que nos invita a observar con mayor atención los ambientes donde ese niño está creciendo.

La pregunta no debería ser únicamente:

¿Qué le pasa al niño?

Tal vez la pregunta más importante sea:

¿Qué está pasando alrededor del niño para que se comporte de esta manera?


Reflexión final

La educación suele concentrarse en corregir conductas, pero pocas veces nos detenemos a analizar los contextos que las producen.

Un niño que se apaga en la escuela puede estar diciéndonos algo sobre la escuela.

Un niño que se apaga en casa puede estar diciéndonos algo sobre su hogar.

Y en ambos casos, la solución no consiste únicamente en cambiar al niño.

La verdadera tarea consiste en construir espacios donde pueda sentirse seguro, escuchado, respetado y valorado.

Porque cuando un niño cambia radicalmente de un lugar a otro, quizá no estamos observando un problema de personalidad.

Quizá estamos observando el reflejo de los ambientes que los adultos hemos construido para él.

No un formato administrativo.


💬 ¿Qué cambia en un estudiante cuando cambia el ambiente?

Un niño puede ser muy diferente en casa y en la escuela. Antes de juzgar su conducta, quizá deberíamos preguntarnos qué está ocurriendo a su alrededor.

  • ¿Has observado un caso así en tu escuela o familia?
  • ¿Qué crees que debería cambiar para ayudar al estudiante?

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