▷ ABC de las emociones: ¿una nueva estrategia o el regreso de Construye T? 🥇

El bienestar socioemocional de los adolescentes no se resuelve únicamente con nuevas guías escolares, sino atendiendo las condiciones reales de su entorno y el acompañamiento de los adultos.

Durante los últimos días, el Gobierno de México presentó una nueva estrategia para atender el bienestar socioemocional de adolescentes y jóvenes: el ABC de las emociones.

La propuesta plantea que, inicialmente, estudiantes de tercero de secundaria y educación media superior dediquen un espacio semanal a conversar y trabajar temas relacionados con sus emociones, su bienestar y la forma en que se relacionan con otras personas.

La intención, según se ha explicado, es construir una estrategia preventiva, comunitaria y territorial que llegue a las escuelas de todo el país.

Habrá guías para estudiantes, familias y docentes. Se convocará a asambleas con madres, padres y personas cuidadoras. Se buscará fortalecer la convivencia escolar y familiar y promover una mayor participación de las familias en la educación. También se contempla la participación de instituciones de salud, funcionarios públicos, brigadas y espacios comunitarios.

En principio, sería difícil estar en contra de una estrategia que pretende poner sobre la mesa un tema tan importante como la salud emocional de adolescentes y jóvenes.

El problema no es que el gobierno quiera hablar de emociones.

El problema es otro.

¿Realmente estamos frente a una estrategia nueva?

Porque antes de preguntarnos si el ABC de las emociones funcionará, quizá tendríamos que mirar hacia atrás y preguntarnos qué aprendió México de los programas que ya habían intentado abordar este mismo problema.

Y ahí aparece una referencia que resulta difícil ignorar.

Hace aproximadamente una década, México ya tenía un programa nacional dedicado al desarrollo de habilidades socioemocionales.

Se llamaba Construye T.


El ABC de las emociones parte de una preocupación real

Conviene decirlo desde el principio: la preocupación por el bienestar socioemocional de adolescentes y jóvenes es absolutamente necesaria.

La adolescencia nunca ha sido una etapa sencilla.

Es un periodo de cambios físicos, sociales y emocionales. Es una etapa en la que las personas comienzan a construir su identidad, a buscar pertenencia, a cuestionar su entorno y a enfrentarse a una enorme cantidad de decisiones.

Sin embargo, la adolescencia actual enfrenta además un contexto particularmente complejo.

Hoy los jóvenes viven rodeados de:

  • Teléfonos inteligentes.
  • Redes sociales.
  • Plataformas de video.
  • Videojuegos interactivos.
  • Comunidades digitales.
  • Algoritmos diseñados para captar su atención.
  • Comparación permanente con otras personas.
  • Exposición constante a opiniones.
  • Presión por construir una identidad pública.
  • Contenidos personalizados que acompañan prácticamente cada momento de su día.
  • Herramientas de inteligencia artificial cada vez más presentes en su vida cotidiana.

Por eso, abrir una conversación pública sobre la salud mental y el bienestar socioemocional no solo es pertinente.

Es necesario.

También resulta positivo reconocer que la escuela no puede limitarse exclusivamente a transmitir contenidos académicos.

Un adolescente que atraviesa problemas emocionales difícilmente puede aprender de la misma manera que alguien que cuenta con estabilidad, acompañamiento y espacios seguros.

Hasta ahí, el diagnóstico parece razonable.

Pero reconocer un problema no significa necesariamente haber encontrado la solución.

Y ahí es donde el ABC de las emociones merece ser analizado con mayor profundidad.


Pero esto no empezó en 2026: México ya había intentado educar las emociones

La idea de trabajar habilidades socioemocionales en las escuelas mexicanas no nació con el ABC de las emociones.

Hace aproximadamente una década, durante el gobierno de Enrique Peña Nieto, la Secretaría de Educación Pública impulsó un programa llamado Construye T, desarrollado en colaboración con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Su objetivo era precisamente fortalecer las habilidades socioemocionales y mejorar el ambiente escolar, particularmente en la educación media superior.

Entre las habilidades que buscaba desarrollar se encontraban:

  • Manejo de emociones.
  • Perseverancia.
  • Empatía.
  • Asertividad.
  • Pensamiento crítico.

El programa organizaba su propuesta alrededor de tres grandes dimensiones:

Conócete
Relaciónate
Elígete

Es decir, la idea era ayudar a los estudiantes a comprenderse mejor, relacionarse de manera más saludable con otras personas y tomar decisiones responsables.

Visto desde 2026, resulta inevitable hacer una comparación.

Porque muchas de las preocupaciones que hoy aparecen en el ABC de las emociones ya estaban presentes hace años.

Ya hablábamos de emociones.

Ya hablábamos de empatía.

Ya hablábamos de convivencia.

Ya hablábamos de habilidades socioemocionales.

Ya hablábamos de familias.

Ya hablábamos de docentes.

Ya hablábamos de mejorar el ambiente escolar.

Entonces la pregunta no debería ser solamente qué tan buena es la nueva estrategia.

La pregunta debería ser:

¿Qué pasó con todo lo que intentamos antes?

🎥 Antes de continuar, vale la pena mirar atrás.

Este video explica de manera breve qué era Construye T, un programa que desde hace aproximadamente una década ya buscaba desarrollar habilidades socioemocionales como el manejo de emociones, la empatía, la perseverancia, la asertividad y el pensamiento crítico en estudiantes de educación media superior.

🎯 ¿Qué era Construye T y cómo buscaba trabajar las habilidades socioemocionales?

🎬 Nota: El video permite observar que muchas de las habilidades y preocupaciones que hoy aparecen nuevamente en la conversación sobre el bienestar socioemocional ya formaban parte de una estrategia nacional implementada años atrás.

Hace diez años la estrategia parecía entender algo más profundo

Uno de los aspectos más interesantes de Construye T es que su propuesta no se limitaba a entregar materiales para trabajar directamente con los estudiantes.

El programa contemplaba una estructura mucho más amplia.

En los planteles, por ejemplo, se buscaba involucrar a:

  • Directores.
  • Tutores.
  • Docentes.
  • Estudiantes.
  • Familias.
  • La comunidad escolar.

También se contemplaban procesos de capacitación.

Había talleres.

Diplomados.

Comunidades de aprendizaje.

Comités escolares.

Diagnósticos participativos.

Planes de trabajo.

Acuerdos para mejorar la convivencia.

Incluso se proponían momentos específicos dentro de las clases para desarrollar habilidades socioemocionales.

Esto no significa necesariamente que Construye T haya resuelto todos los problemas.

Claramente no ocurrió así.

Si hubiera sido suficiente, probablemente no estaríamos nuevamente comenzando una gran estrategia nacional para atender el bienestar socioemocional de adolescentes.

Pero precisamente por eso vale la pena preguntarse:

¿Qué aprendimos de aquella experiencia?

Porque el riesgo de cualquier política pública es comenzar una estrategia como si antes no hubiera existido nada.

Cambiar el nombre.

Rediseñar las guías.

Presentar nuevos materiales.

Organizar nuevas actividades.

Y volver a comenzar desde cero.

Pero los problemas educativos no desaparecen porque cambiemos el nombre del programa que intenta resolverlos.


El verdadero problema: los adolescentes de 2026 ya no viven en el mundo de 2016

Aquí aparece quizá una de las principales diferencias entre el contexto en el que nació Construye T y el mundo en el que ahora pretende trabajar el ABC de las emociones.

La adolescencia cambió radicalmente.

Hace aproximadamente diez años, los teléfonos inteligentes ya existían.

Las redes sociales también.

Los videojuegos en línea tampoco eran nuevos.

Pero la intensidad con la que la tecnología interviene actualmente en la vida cotidiana de adolescentes y jóvenes es completamente distinta.

Hoy gran parte de la experiencia adolescente ocurre simultáneamente en dos espacios:

el mundo físico y el mundo digital.

Los jóvenes conversan en la escuela, pero continúan la conversación en redes sociales.

Construyen amistades en el salón, pero también en comunidades digitales.

Se entretienen frente a una pantalla.

Aprenden frente a una pantalla.

Se comparan frente a una pantalla.

Buscan aprobación frente a una pantalla.

Y muchas veces construyen una parte importante de su identidad frente a una pantalla.

Además, ahora aparece un elemento que hace apenas unos años parecía futurista:

la inteligencia artificial.

Los adolescentes ya no solamente consumen contenido.

También pueden conversar con sistemas automatizados, generar imágenes, videos, textos y personajes digitales.

Las plataformas conocen cada vez mejor sus intereses.

Los algoritmos saben qué mostrarles para mantenerlos conectados. Esta realidad obliga también a replantear el debate sobre si la escuela debe regular los celulares o educar para la libertad.

Las experiencias digitales son cada vez más inmersivas.

Por eso, intentar trabajar el bienestar socioemocional de los adolescentes actuales requiere reconocer una realidad fundamental:

No estamos intentando educar emocionalmente a los mismos adolescentes de hace diez años.

Y entonces aparece una duda legítima.

¿Estamos utilizando herramientas suficientemente diferentes?


¿Realmente una plática puede competir con un algoritmo?

Esta pregunta no pretende ridiculizar el trabajo que puedan realizar las maestras y los maestros.

Tampoco pretende afirmar que las tecnologías sean malas.

El problema es mucho más complejo.

Las plataformas digitales actuales compiten permanentemente por la atención de los usuarios.

Y los adolescentes pasan una parte importante de su tiempo dentro de entornos diseñados para mantenerlos conectados.

Por eso resulta difícil pensar que una simple plática semanal pueda, por sí sola, modificar procesos emocionales que se construyen durante el resto de la semana.

Un adolescente puede dedicar una hora a conversar sobre bienestar socioemocional.

Después puede pasar horas dentro de plataformas donde:

  • Se compara constantemente con otras personas.
  • Busca aprobación.
  • Recibe opiniones sobre su apariencia.
  • Observa estilos de vida aparentemente perfectos.
  • Participa en comunidades digitales.
  • Consume contenido diseñado para mantener su atención.
  • Se expone a conflictos que continúan incluso después de salir de la escuela.

Por supuesto que hablar de emociones puede ayudar.

Por supuesto que una maestra o un maestro puede convertirse en una persona importante en la vida de un adolescente.

Por supuesto que abrir espacios de conversación puede prevenir problemas.

Pero el riesgo aparece cuando confundimos una herramienta con una solución completa.

El problema no es que la conversación sea inútil.

El problema es creer que la conversación, por sí sola, es suficiente.


El riesgo de convertir la salud emocional en otra actividad escolar

La escuela mexicana tiene una enorme capacidad para transformar incluso las mejores intenciones en procedimientos burocráticos.

Una nueva estrategia llega al plantel.

Se entrega una guía.

Se programa una actividad.

El docente realiza la sesión.

Se toma una fotografía.

Se llena una evidencia.

Se entrega un informe.

Y la actividad termina.

El problema no está necesariamente en la actividad.

El problema aparece cuando el sistema comienza a medir el cumplimiento en lugar de preguntarse por el impacto.

Podemos tener miles de guías distribuidas.

Millones de estudiantes atendidos.

Cientos de asambleas realizadas.

Decenas de actividades desarrolladas.

Pero la pregunta sigue siendo:

¿Qué cambió realmente en la vida de los adolescentes?

Porque una cosa es realizar una actividad sobre emociones.

Y otra muy distinta es construir una comunidad escolar donde las personas realmente puedan hablar de lo que sienten sin miedo a ser ridiculizadas, castigadas o ignoradas.

Una escuela puede dedicar una hora semanal al bienestar socioemocional y, al mismo tiempo, mantener durante el resto de la semana un ambiente autoritario, competitivo o poco humano.

Y entonces aparece una contradicción.

Las emociones no se educan únicamente durante la hora en la que decidimos hablar de emociones.

También se educan todos los días.

En la forma en que un director trata a sus docentes.

En la manera en que los docentes hablan con los estudiantes.

En cómo se resuelven los conflictos.

En la forma en que una familia escucha a sus hijos.

En la manera en que una comunidad responde cuando alguien necesita ayuda.

Las emociones también se aprenden observando adultos

Quizá uno de los aspectos más importantes de cualquier estrategia de bienestar socioemocional debería comenzar por una pregunta incómoda:

¿Estamos preparando a los adultos para acompañar emocionalmente a los jóvenes?

Porque un adolescente puede recibir una guía perfectamente diseñada.

Puede participar en una actividad.

Puede aprender a identificar emociones.

Puede conocer conceptos como empatía, autocontrol o comunicación asertiva.

Pero después tendrá que regresar a un mundo compuesto por adultos reales.

Adultos cansados.

Adultos preocupados.

Adultos con problemas económicos.

Adultos con jornadas laborales extensas.

Adultos que también tienen dificultades para manejar sus propias emociones.

Y aquí conviene decir algo que puede resultar incómodo:

no basta con dominar una asignatura para acompañar la formación de una persona.

La labor docente requiere conocimientos profesionales.

Pero también requiere capacidades humanas.

Escuchar.

Dialogar.

Comprender.

Detectar señales.

Manejar conflictos.

Construir confianza.

Reconocer cuándo un problema supera las posibilidades del aula y necesita atención especializada.

Esto no significa que el maestro deba convertirse en psicólogo.

Sería injusto exigirle algo para lo que no necesariamente ha sido formado.

Pero sí significa que, si queremos que la escuela sea un espacio de acompañamiento emocional, debemos preguntarnos seriamente qué tipo de profesionales estamos formando y colocando frente a niños y adolescentes.

La formación socioemocional de los estudiantes difícilmente puede construirse en escuelas donde los propios adultos no cuentan con condiciones ni herramientas suficientes para relacionarse emocionalmente con ellos.

No cualquiera debería estar frente a un grupo… y tampoco dirigir una escuela

Este es probablemente uno de los debates más difíciles.

La escuela necesita buenos docentes.

Pero también necesita buenos directivos.

Porque el liderazgo de una escuela puede transformar completamente la experiencia de quienes trabajan y estudian dentro de ella.

Un director puede construir una comunidad basada en:

  • El diálogo.
  • La confianza.
  • La colaboración.
  • El respeto.
  • La escucha.

Pero también puede ocurrir lo contrario.

Una institución puede convertirse en un espacio dominado por:

  • El miedo.
  • La burocracia.
  • El autoritarismo.
  • La competencia.
  • La falta de comunicación.

Por eso resulta contradictorio hablar de bienestar socioemocional de los estudiantes sin discutir también el bienestar y la calidad de las relaciones entre los adultos que dirigen las instituciones educativas.

Y aquí hay una discusión que México no debería seguir evitando.

¿Cómo estamos seleccionando a quienes dirigen nuestras escuelas?

Los cargos de liderazgo educativo deberían exigir mucho más que conocimientos administrativos.

Un director necesita ser capaz de:

  • Construir comunidad.
  • Resolver conflictos.
  • Escuchar.
  • Tomar decisiones difíciles.
  • Proteger el ambiente laboral.
  • Comprender la realidad de docentes y estudiantes.
  • Ejercer liderazgo pedagógico.

En un sistema educativo tan grande como el mexicano, cualquier mecanismo que permita que las posiciones de liderazgo dependan de relaciones personales, redes de influencia, intereses ajenos al mérito profesional o afinidades particulares debería ser motivo de preocupación.

Porque la dirección de una escuela no puede reducirse a un premio.

Tampoco debería convertirse en una posición de poder sin una evaluación profunda de las capacidades humanas necesarias para ejercerla.

No se puede construir bienestar socioemocional desde instituciones donde el liderazgo no siempre está preparado para cuidar a las personas que dirige.

Pero quizá el problema más grande ni siquiera está dentro de la escuela

Aquí es donde la discusión sobre el ABC de las emociones debería salir del salón de clases.

Porque muchos de los problemas emocionales que viven niños y adolescentes no nacen exclusivamente en la escuela.

También se construyen dentro de las condiciones sociales en las que viven sus familias.

Se habla constantemente de la importancia de que madres y padres acompañen a sus hijos.

Y es verdad.

La comunicación familiar es fundamental.

Escuchar a los hijos es fundamental.

Conocer lo que viven es fundamental.

Pero existe una pregunta que pocas veces aparece cuando se diseñan estas estrategias:

¿Tienen realmente todas las familias el tiempo necesario para estar presentes?

Millones de personas trabajan largas jornadas.

Muchas tienen que trasladarse durante horas.

Otras buscan empleos adicionales para completar los ingresos familiares.

Hay padres y madres que deben elegir entre permanecer más tiempo con sus hijos o conseguir el dinero necesario para pagar alimentos, transporte, vivienda y servicios.

Por eso debemos tener cuidado cuando hablamos de abandono.

No siempre existe ausencia porque los padres no quieran estar.

A veces existe ausencia porque las condiciones económicas obligan a estar trabajando.

Y esa realidad debería formar parte de cualquier discusión seria sobre bienestar emocional.


No se puede pedir más presencia familiar sin hablar de salarios y tiempo

Este quizá sea uno de los puntos más importantes de toda la discusión.

La política socioemocional también es política laboral.

También es política económica.

También tiene que ver con la manera en que organizamos nuestra vida como sociedad.

Porque un adolescente no necesita únicamente una guía para comprender sus emociones.

También necesita:

  • Tiempo con las personas que quiere.
  • Adultos disponibles para escucharlo.
  • Estabilidad.
  • Seguridad.
  • Espacios comunitarios.
  • Acceso a servicios de salud.
  • Relaciones familiares menos condicionadas por la supervivencia económica.

Resulta difícil pedir a las familias que acompañen más a sus hijos cuando muchas viven bajo una presión económica que las obliga a trabajar cada vez más.

Resulta difícil pedir comunicación permanente cuando una persona sale de casa antes de que sus hijos despierten y regresa cuando ya están dormidos.

Resulta difícil hablar de bienestar emocional sin hablar también del agotamiento de los adultos.

Por eso una estrategia nacional que realmente pretenda prevenir problemas socioemocionales tendría que mirar mucho más allá de las escuelas.

La prevención no empieza únicamente el lunes en la escuela.

Empieza en las condiciones en las que una familia puede vivir el resto de la semana.

La escuela siempre termina intentando reparar todo

Existe un fenómeno que se repite constantemente en la educación mexicana.

Cuando aparece un problema social, la respuesta suele ser mirar hacia la escuela.

Hay violencia.

Que la escuela haga algo.

Hay problemas de salud.

Que la escuela haga algo.

Hay problemas ambientales.

Que la escuela haga algo.

Hay problemas de convivencia.

Que la escuela haga algo.

Hay problemas con la tecnología.

Que la escuela haga algo.

Ahora hay preocupación por la salud emocional.

Y nuevamente:

que la escuela haga algo.

Por supuesto que la escuela tiene una responsabilidad.

Nadie está proponiendo que permanezca indiferente.

Pero debemos reconocer algo:

La escuela mexicana se ha convertido en una institución a la que constantemente se le pide reparar problemas que muchas veces se producen fuera de ella.

Y cada nueva estrategia llega acompañada de nuevas responsabilidades para docentes y directivos.

Más actividades.

Más programas.

Más campañas.

Más guías.

Más evidencias.

Más responsabilidades.

Pero pocas veces aparece la pregunta contraria:

¿Qué necesita la escuela para poder cumplir con todo lo que le estamos pidiendo?

Porque no podemos pedirle a un maestro que sea simultáneamente:

  • Docente.
  • Orientador.
  • Mediador.
  • Psicólogo.
  • Trabajador social.
  • Especialista en tecnología.
  • Promotor de salud.
  • Gestor comunitario.

Todo mientras mantiene grupos numerosos, planeaciones, evaluaciones, actividades administrativas y una enorme cantidad de responsabilidades cotidianas.

La escuela debe participar.

Pero no puede hacerlo sola.

Entonces, ¿qué tendría que cambiar realmente?

Criticar una estrategia sin proponer nada diferente sería demasiado sencillo.

Por eso la discusión debería avanzar hacia algo más profundo.

Si realmente queremos atender el bienestar socioemocional de niños, adolescentes y jóvenes, quizá deberíamos comenzar por cambiar algunas condiciones estructurales.

1. Seleccionar y formar mejor a quienes trabajan con niños y adolescentes

La formación profesional no debería limitarse exclusivamente al dominio de contenidos o procedimientos administrativos.

Trabajar con seres humanos requiere capacidades humanas.

  • Escuchar.
  • Dialogar.
  • Comprender.
  • Resolver conflictos.
  • Reconocer límites.
  • Trabajar en equipo.
  • Construir confianza.

La escuela necesita profesionales preparados académicamente.

Pero también necesita personas capaces de construir relaciones humanas saludables.

2. Profesionalizar realmente el liderazgo escolar

Un director no debería ser únicamente un administrador de documentos.

Debe ser un líder pedagógico y humano.

Debe ser capaz de construir comunidad, escuchar a su personal, comprender conflictos, tomar decisiones y proteger un ambiente laboral saludable.

Si queremos escuelas emocionalmente saludables, necesitamos discutir también qué tipo de liderazgo estamos construyendo dentro de ellas.

3. Cuidar emocionalmente también a los docentes

Este punto es fundamental.

No podemos pedirle a un maestro que escuche, acompañe y contenga emocionalmente a decenas de adolescentes mientras él mismo trabaja bajo condiciones de agotamiento permanente.

Un docente puede enfrentar:

  • Sobrecarga administrativa.
  • Grupos numerosos.
  • Presión institucional.
  • Falta de personal especializado.
  • Conflictos con familias.
  • Problemas de infraestructura.
  • Exigencias cada vez mayores.

Y después llega una nueva estrategia que le pide convertirse también en un agente central del bienestar socioemocional.

Un maestro emocionalmente agotado difícilmente puede convertirse en el principal sostén emocional de treinta o cuarenta adolescentes.

Cuidar a los estudiantes también implica cuidar a quienes trabajan todos los días con ellos.

4. Dar mejores condiciones reales a las familias

No podemos seguir hablando únicamente de la responsabilidad individual de madres y padres.

También debemos hablar de las condiciones que tienen para ejercer esa responsabilidad.

  • Mejores salarios.
  • Jornadas laborales razonables.
  • Tiempo para convivir.
  • Espacios comunitarios seguros.
  • Servicios de salud accesibles.
  • Apoyo para las familias que enfrentan situaciones difíciles.

Porque una sociedad que obliga a los adultos a trabajar cada vez más horas no puede sorprenderse después de que exista menos tiempo para acompañar emocionalmente a los hijos.

5. Diseñar estrategias compatibles con el mundo real de los adolescentes

Quizá este sea uno de los grandes retos.

Los adolescentes actuales no necesitan únicamente escuchar lo que los adultos tienen preparado para decirles.

También necesitan participar en la conversación.

Necesitamos preguntarles:

  • ¿Qué les preocupa?
  • ¿Dónde buscan ayuda?
  • ¿Qué ocurre realmente en sus comunidades digitales?
  • ¿Qué tipo de conflictos enfrentan?
  • ¿Qué necesitan de los adultos?
  • ¿Qué estrategias consideran útiles?

Porque resulta difícil diseñar una política para adolescentes desde oficinas alejadas de la experiencia cotidiana de ser adolescente.

La pregunta debería ser:

¿Cuántos jóvenes participaron realmente en el diseño de las estrategias que ahora se les presentarán?

El problema no es el ABC de las emociones

Conviene volver al punto inicial.

Sería absurdo afirmar que hablar de emociones no sirve.

También sería injusto criticar la elaboración de materiales, la apertura de espacios de conversación o la intención de involucrar a las familias.

Todo eso puede ser positivo.

Una guía puede ayudar.

Una conversación puede prevenir un problema.

Una maestra puede convertirse en una persona importante para un estudiante.

Una escuela puede ser el lugar donde alguien encuentre ayuda por primera vez.

Eso no debería minimizarse.

Pero el problema aparece cuando creemos que una estrategia puede sustituir una transformación.

Podemos distribuir millones de guías.

Podemos organizar miles de asambleas.

Podemos dedicar una hora semanal.

Podemos realizar campañas nacionales.

Podemos enviar funcionarios y brigadas a las escuelas.

Todo eso puede contribuir.

Pero si no cambian las condiciones que rodean la vida de los adolescentes, estaremos intentando resolver problemas estructurales mediante intervenciones temporales.

Mientras no discutamos seriamente:

  • Las condiciones económicas de las familias.
  • El tiempo que los adultos tienen para convivir con sus hijos.
  • La formación de docentes.
  • La selección de directivos.
  • Las condiciones laborales del magisterio.
  • La atención profesional especializada.
  • El impacto de los entornos digitales.
  • La participación real de adolescentes y jóvenes.

Cualquier estrategia corre el riesgo de convertirse en una buena intención aplicada sobre las mismas condiciones que produjeron el problema.

Diez años después, seguimos hablando de lo mismo

Hace aproximadamente una década, México ya hablaba de empatía.

Ya hablaba de manejo de emociones.

Ya hablaba de perseverancia.

Ya hablaba de pensamiento crítico.

Ya hablaba de convivencia escolar.

Ya hablaba de participación de docentes y familias.

Hoy volvemos a hablar de bienestar socioemocional.

De guías.

De escuelas.

De familias.

De adolescentes.

De acompañamiento.

La pregunta, entonces, no debería ser solamente si el ABC de las emociones es una buena estrategia.

La pregunta debería ser:

¿Qué aprendimos durante estos últimos diez años?

Porque quizá el problema no es que nuestros adolescentes necesiten una nueva guía para entender sus emociones.

Quizá necesitan algo más difícil de construir.

Adultos con tiempo para escucharlos.

Familias con mejores condiciones para acompañarlos.

Docentes apoyados y no sobrecargados.

Directivos capaces de construir comunidades humanas.

Escuelas que no solamente hablen de bienestar, sino que realmente lo practiquen.

Y todo esto forma parte de un desafío mucho más amplio: revisar otras áreas de oportunidad de la Nueva Escuela Mexicana que también condicionan lo que ocurre todos los días dentro de las escuelas.

Políticas públicas que no intenten resolver en una hora semanal problemas que se construyen durante el resto de la vida.

Hablar de emociones es necesario.

Pero quizá ha llegado el momento de hacer una pregunta todavía más importante.

No basta con enseñar a un adolescente a reconocer lo que siente.

También tenemos que preguntarnos qué está produciendo aquello que siente.


🎥 ¿Prefieres verlo en video?

En este análisis detallamos por qué una estrategia emocional no puede comenzar desde cero ignorando lo que ya se intentó hace una década, reflexionando sobre el papel de Construye T y los retos del entorno digital actual.

🎯 ABC de las emociones: ¿una nueva estrategia o el regreso de Construye T?

🎬 Nota: Analicemos juntos si las nuevas guías socioemocionales realmente responden a las problemáticas de los adolescentes de hoy o si corren el riesgo de volverse un trámite más.

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¿Crees que el "ABC de las emociones" representa una evolución real en la atención socioemocional, o temes que termine siendo una versión rebautizada del programa Construye T sin atender los problemas estructurales actuales?

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